“La natación es y será siempre mi vida”

Héctor Ruiz, nadador de aguas abiertas

3, 2, 1... ¡YA! Salgo corriendo pisando el frío y húmedo suelo. Parece mentira que sea el mejor día de este 2016 con los nubarrones y el frío que hace. La lluvia cae rozando mi pálida piel mientras sigo corriendo. Poco a poco se me va iluminando la cara con una sonrisa que crece a cada paso que doy. ¡Hoy es mí día! La carrera acaba con un salto y el inconfundible sonido del agua abrazando de nuevo mi cuerpo. Me quedo unos segundos hundido en el agua, te echaba de menos... Me impulso de la pared y noto como mi cuerpo se desliza suavemente, provocándome sensaciones que hacía tiempo no sentía. Ya en la superficie doy mis primeras brazadas. Es una sensación muy agradable, única e inexplicable. Paso todo el tiempo riendo y disfrutando, saboreando cada momento, cada minuto y cada segundo que estoy en la piscina, dentro del agua, mi casa. Pero todas estas sensaciones y alegrías tienen un inicio. Como ya os dije en el anterior post la operación no salió como todos esperábamos y deseábamos.

Es sábado, 18 de marzo. Ya me han operado y me encuentro tumbado en la cama. El blanco neutro e impoluto de las sábanas y las paredes con esos toques tímidos de color refuerzan la idea de la habitación de un hospital. El médico entró por la puerta y entonces deseé que nada de lo que me decía fuese verdad, que nada de lo que estaba saliendo por su boca fuera cierto, que se esfumara, que no fuese real. Las palabras retumbaron en mi cabeza como las olas golpean las duras rocas costeras, una y otra vez. Fuertes. Incansables. “Tendrás que dejar el deporte de alto rendimiento”, me dijo. De repente, mi mundo se paró en seco. Paralizado e inmóvil en la cama no pude articular palabra. No podía creerme lo que estaba diciéndome. “Sabemos lo importante que es para ti la natación y lamentamos tener que decirte esto, pero si sigues nadando puedes poner tu vida en jaque”, concluyó. No necesitaba escuchar más. En esos momentos lo único que se me pasaba por la cabeza era: “¿por qué a mí?, ¿por qué ahora que tenía los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina?, ¿por qué no me dejas seguir peleando para hacer realidad mi sueño?”

Durante toda mi carrera deportiva he luchado como el que más teniendo claro mi objetivo en todo momento. He superado piedras, barreras y montañas de las que no veía la cima; he nadado a contracorriente. El tener una meta ha sido sempre el motor de mí día a día. Un objetivo que me hacía luchar con pasión y determinación. Como siempre he dicho, es vital tener un sueño con el que acostarte y que te haga levantar por la mañana.

Pasados unos días y viviéndolo todo desde otra perspectiva totalmente diferente, empieza para mí una nueva etapa. Una etapa llena de ilusiones y retos nuevos con nuevos propósitos por los que levantarme y luchar. Siempre he querido hacer una metáfora entre la natación y la vida real y trasladar los valores que me ha dado el deporte para superar cualquier contratiempo que me ponga la vida. De la misma manera que he querido ayudarte a ti que me estás leyendo, a ti que me has sido fiel y me has seguido animando y apoyando en todo momento.

La natación es un deporte precioso. Gracias a ella soy la persona que soy a día de hoy. Con un largo bagaje lleno de retos, risas, lágrimas, dolor, alegrías y victorias construidas a base de derrotas. Valores tales como el espíritu de superación, sacrificio, constancia, hábitos saludables y un sin fin más, entre ellos, el compañerismo. Un deporte que aunque depende de ti, no deja de ser colectivo, con un grupo de compañeros y amigos detrás que se dejan la voz animándote y empujándote en cada brazada. Amigos, compañeros y rivales que siempre estarán vayas donde vayas. Porque la amistad dentro del agua crea un vínculo único e irrompible. Porque la natación es y será siempre mi vida.