Estoy en el hospital, acaban de operarme…

Héctor Ruiz en el hospital

Hace ya dos meses que no hago ejercicio, que no me dejan dar ni una brazada, que no disfruto haciendo lo que siempre me ha hecho feliz. “Tranquilo” me digo a mi mismo, sólo falta una semana más…

El olor permanente e intenso a cloro que baña todo cuerpo de nadador; el vello y el pelo quemado por la mezcla de cloro y sol; la sensación de sentir todos y cada uno de tus músculos doloridos, agarrotados, pidiendo a gritos un descanso, y en tu cabeza escuchar sólo una voz que retumba y dice contundente: ¡eres fuerte, tu puedes más! Lo echo de menos.

Pensativo, con la cabeza ligeramente inclinada en dirección al techo y con los ojos cerrados, me centro en cómo las gotas calientes de agua se deslizan suavemente por mi piel, recorriendo todo mi cuerpo. Como si de lluvia se tratase, caen por mi cabeza donde reside mi fuerza y fortaleza mental para afrontar y superar todos y cada uno de los contratiempos e imprevistos que me he ido encontrando a lo largo de mi carrera deportiva. Posteriormente, bajan lentamente llegando a los brazos, la fuerza física, los que dan la cara y los que me hacen disfrutar en cada entrenamiento, a cada metro, a cada brazada y a cada victoria. Seguidamente y empujadas por la física llegan a las piernas. Ellas son las que tiran de mí en los momentos más complicados y ajustados al final de la carrera. Está claro que todo nadador necesita ese plus y ellas nunca fallan. Sin ellas estaría perdido. Por último y más importante: el corazón. Aunque no lo bañe el agua, es el motor de mi cuerpo y al que le he exigido más que a nadie. Tómate tu tiempo y recupérate. Volveremos más fuertes.

Nadar más que andar, dormir y descansar más que salir por la noche, bebida isotónica más que un par de cervezas, la piscina más que tu casa. Me enfundo el bañador, cojo el gorro, me pongo las gafas y salto al agua. ¡Por fin! Creo sentir la libertad, la felicidad coge forma y vuelvo a disfrutar de cada brazada. Se me acelera el corazón. Parece que todo ha vuelto a la normalidad pero de repente todo se vuelve negro, oscuro, lúgubre. No veo nada más que sombras y mi cabeza da vueltas cómo una peonza. Retumban voces a lo lejos que se acercan muy despacio. Tengo náuseas y un malestar terrible. ¿¡Dónde estoy!? Poco a poco las sombras cogen forma hasta que finalmente veo a toda mi familia. Tumbado en la cama y desnudo con tan solo un ridículo vestido azul observo todo a mí alrededor. Estoy en el hospital. Acaban de operarme.