Relato de una competición en aguas abiertas – Parte II

Héctor Ruiz gana la 2a etapa de la Copa de Europa en Israel

Seis de la mañana, que sueño tengo… ¿dónde estoy? Vaya, ¡hoy es el día! Me activo rápido y bajo a desayunar. Una buena carga de hidratos y sobre todo beber cada 20 minutos hará que sea mucho más competitivo durante la carrera, pues el agua del mar está especialmente salada y me deshidrataré más rápido que de costumbre. Siguiendo con el protocolo de cada competición pasamos por el control donde nos miran que tengamos las uñas de las manos y de los pies cortas − en aguas abiertas hay mucho contacto físico; a veces involuntariamente, pero muchas otras intencionadas. Enseño el bañador, ya que debe tener el logo de la FINA para que me permitan nadar con él, y finalmente me marcan el número 215 en la espalda, hombros y manos. Estoy listo, miro al mar, observo el circuito y visualizo la prueba. Me concentro…

Ha llegado el momento. Doy un último trago a la bebida isotónica y concretamos con Sergi Garcia, mi entrenador, que pararé a avituallar en la vuelta 2 y 4. Él será el encargado de darme la bebida en un vaso que estará sujeto a la caña. En total daremos seis vueltas para completar los 10km. La “speaker” empieza a llamar a los nadadores un por uno como si fuéramos guerreros mientras suena de fondo una motivadora banda sonora para ambientarnos. El corazón se acelera al escuchar mi nombre. Me dirijo hacia el pantalán de salida donde se encuentran todos mis rivales. Últimos 20 segundos. Miro al horizonte. Estoy preparado. Suena la bocina y… ¡salto! Empiezo a nadar rápido para buscar una buena posición, encuentro el ritmo crucero, cómodo. Recibo golpes, doy golpes, todos quieren una buena posición buscando la estela de algún rival y así aprovechar el “drafting”. Esto ya ha empezado.

La primera vuelta ha sido bastante tranquila, no ha habido muchos cambios de posiciones y me encuentro en una privilegiada tercera posición. Encaramos la segunda vuelta y me dispongo a tomar un gel que había guardado debajo del bañador, tengo otros dos en la pierna derecha y en la izquierda. Hago una parada rápida y miro de abrirlo con las manos, el esfuerzo es en vano, pues me resbalan los dedos. Lo intento con la boca pero no se abre. Desisto y acabo tirándolo. Miro hacia delante y veo que he perdido varias posiciones. Debo estar entre el 15 y el 20. Tengo que darme prisa y recuperar posiciones cuanto antes. Llega el momento del avituallamiento y veo a mi entrenador, ya preparado con la bebida. Hago una parada rápida y me bebo de un trago la isotónica. ¡Qué bien me ha sentado! Seguimos y vamos a por la tercera vuelta.

Estamos a punto de llegar a la mitad de la carrera y he logrado alcanzar otra vez las primeras posiciones a base de sufrimiento, golpes e incrementando el ritmo para hacer más fuertes mis brazadas. Me siento bien, con fuerzas. Llegan las últimas dos vueltas. De nuevo el avituallamiento. El grupo parece que se está rompiendo y con la parada me he quedado un poco rezagado. Ha llegado el momento de sufrir de verdad. Aprieto los dientes pero la respuesta de mis brazos no es la que esperaba, parece que no están de mi parte. Pienso en todos los que han confiado y confían en mí, en toda la gente que está pendiente. Pienso en mi familia, en mis amigos... Pienso en mi hermana y en mi madre, y me imagino a mi padre diciéndome “pit i collons”. Tengo que buscar alguna alternativa y empujo más de piernas. Parece que funciona y empiezo a acercarme otra vez a los primeros puestos. Hemos llegado a la última vuelta y me encuentro en la sexta posición.

El ritmo es más alto pero mi cuerpo parece que está dispuesto a soportar cualquier sufrimiento. Sólo faltan 800 metros y dos giros de boya. El grupo empieza a empujar y yo decido subir y ponerme en paralelo con los tres hombres a la cabeza. Estoy con fuerzas y seguro de mí mismo. Decido dar un ataque y me pongo primero en solitario. Ya no voy a mirar atrás. No quiero saber qué es lo que está pasando, no me interesa, sólo me centro en buscar la penúltima boya que la veo cada vez más cerca. Cierro los ojos y aprieto un poco más. Quiero ganar. Recuerdo las palabras de Kiko, quién nos guía durante las competiciones, antes de saltar a nadar: “el que llegue primero a la tercera boya en la última vuelta es muy probable que gane”. La distancia es muy pequeña entre la tercera y la cuarta (70m) y luego solo faltarán 100 metros para la llegada.” Veo que la tercera boya es cada vez más grande. Esto está llegando a su final. Último esfuerzo, me acompaña un fuerte dolor de barriga por el esfuerzo realizado durante los últimos 9.800 metros, pero tengo que aguantar. Voy a aguantarlo. Veo la tercera boya y acto seguido la cuarta y última. Doy lo poco que me queda dentro de mí para encarar los últimos metros finales donde ya veo la meta. Último sprint y toco la placa.

Cojo aire, respiro y sonrío. Lo he logrado, he ganado. En estos momentos nada puede borrarme la sonrisa que se dibuja en mi cara. Cierro los ojos, pienso en todo lo que he trabajado para llegar aquí, en lo mucho que he sufrido, en las muchas adversidades que he tenido que superar. Pero a pesar de ello, estoy aquí. Me abrazo a mi entrenador y me felicita. Parece muy contento. Después llega Kiko, el único español que ha competido en aguas abiertas en unos Juegos Olímpicos, y también me da la enhorabuena. Estoy satisfecho. Voy a disfrutar del momento. He ganado mi primera competición internacional y me encuentro en lo más alto del pódium. Nunca olvidaré lo que sentí en ese momento y para ello están escritas aquí estas palabras.

Tumbado en la cama respiro hondo y pienso: esto acaba de empezar. Voy a luchar por un sueño, voy a luchar por MI sueño, pero esta vez… voy a soñar despierto.

¿Y si te dijera que todo es posible? Que se puede lograr, que lo puedes lograr y que lo vas a lograr.