Una piedra en el camino

Hector Ruiz 10 km

Por que nadie dijo que fuera fácil y nadie da duros a cuatro pesetas. Por que si luchas puedes perder, pero si ni lo intentas, estás perdido. Sentado en el sofá de casa cierro los ojos y cojo aire. Noto como mis pulmones se van llenando y mi respiración es tranquila y pausada. En este momento mi cabeza vuelve a Kazán, sede de los últimos Campeonatos del Mundo de Natación.

Es el último fin de semana antes de la gran cita de la temporada. Es domingo y me apetece estar con la familia y los amigos, relajado, sin pensar en nada más que disfrutar de su compañía. Mañana me voy al CAR de Sant Cugat concentrado con la selección española de aguas abiertas antes de partir hacia Rusia. A falta de 10 días para que nade la gran prueba, toca apretar los dientes por última vez y darlo todo en los entrenos para que luego, una vez descanse, tenga la sobrecompensación y me sienta rápido en el agua.

Ha llegado la hora de subir al avión. ¡Nos vamos! Después de coger dos vuelos haciendo noche en Moscú, llegamos a Kazán. Hace frío, estamos a 14 grados. Me pongo la chaqueta del chándal para no perder calor. Es importante cuidarme, especialmente ahora para no enfermar a falta de cuatro días para estrenarme en el río Kazanka. Por las mañanas entrenamos en él para tener conciencia de cómo estará el río el día de la prueba (las corrientes, la temperatura, ver en qué lado estará el sol y cómo nos afectará...). Por la tarde vamos a entrenar a la piscina, donde tengo muy buenas sensaciones, pues los ritmos que llevo son muy buenos y me dan mucha confianza.

Delante de la inmensidad del río fijo la vista al final, aislándome del ruido y desapareciendo por unos segundos. Ahora estoy solo, con el río y mis pensamientos. Veo que en el horizonte se encuentran las últimas boyas de giro. Cierro los ojos, visualizo la prueba y me la imagino... Sueña siempre en grande a pesar de las adversidades, sólo así lograrás, al menos, acercarte a tus sueños. Si no lo logras, no te rindas, has dado un paso adelante. Es de noche y toca descansar, apago las luces y desconecto.

Desayuno. Extra de hidratos de carbono y una buena hidratación. Llegamos al sitio de la competición con una calma tensa entre todos los nadadores. Hoy nos jugamos mucho. Después de estar casi una hora en el marcaje dónde los árbitros miran que esté todo correcto, me enfundo el bañador. Necesito tener paciencia, pues el bañador de competición es tan ajustado que podemos llegar a tardar más de 20 minutos en ponérnoslo. Me ayudan a repartir la vaselina por el cuello y axilas para que no me roce el bañador así como en los tobillos para que los rivales no intenten tirarme del pie. Me voy a la cámara de llamadas. A cada paso que doy el pulso se acelera, más y más. Sentado, pienso en todo lo que he trabajado para llegar aquí. Pienso en los baches, piedras, montañas que he logrado sortear y superar temporada tras temporada, entreno tras entreno, día tras día. Siempre con la ayuda de mi familia, amigos y compañeros. Los momentos clave, esos en que mis brazos y piernas decían “ya basta, no puedo más” y mi cabeza respondía “sí puedes. Un poco más. Ahora es cuando empieza el entrenamiento”. Escucho mi nombre y levanto la cabeza. Ha llegado el momento.

Soy el séptimo en presentarme delante la muchedumbre. Las gradas están abarrotadas de gente. Me dirijo hacia la salida y me pongo en mi posición. Al lado, Oussama Mellouli. Máximo favorito. Menos de un minuto para el bocinazo de salida… Saldré rápido. Veinte segundos… Quiero estar delante. Diez segundos… Soy capaz. Empieza la cuenta atrás… 3, 2, 1… Salto rápido y me sumerjo en la oscura y sucia agua del río Kazanka, doy mis primeras brazadas y veo que he salido en buena posición. A mi izquierda está Oussama y confirmo que he salido bien. Con apenas 500 metros de carrera mi posición es realmente buena, miro a mi alrededor y veo que estoy tercero. Me encuentro cómodo, con brazadas largas y fuertes. Llegamos al primer giro de boya cuando han pasado 1.000 metros. Son momentos tensos, pues en los giros de boya hay muchos golpes debido a las aglomeraciones. Todos quieren mantener la posición cueste lo que cueste. El grupo se junta y acelera el ritmo hasta que las dejamos atrás. Fijo la vista al frente y veo que sigo en posiciones privilegiadas, pues puedo contar que estoy entre los 10 primeros puestos.

A punto de llegar al primer cuarto de carrera pierdo una posición y decido ponerme a los pies del nadador que me ha adelantado. Veo como poco a poco se aleja y decido cambiar e ir en busca de otro de quién ponerme detrás. Aumento el ritmo de brazada pero parece que el esfuerzo es en vano. Empiezo a tener calambres en los gemelos y tengo los dedos de las manos encogidos. Veo que sigo perdiendo posiciones. Busco otras maneras de tirar y miro de hacer más fuerza dentro del agua, aumentar el ciclo de patadas… pero no es suficiente y cada vez me alejo más de las posiciones de cabeza. Una vez llegados a este punto decido hacer un cambio de ritmo fuerte para intentar llegar a un grupo pequeño que tengo a unos 10 metros delante de mí. Lo consigo, pero entonces veo que el grupo grande ya está lejos y por más que lo intento no llego a alcanzarlos. Los brazos no responden y los calambres son cada vez más agudos. Se me pasan muchas cosas en este momento por la cabeza… Llego a meta.

Veo el marcador con los resultados de las 10 primeras posiciones clasificadas directamente para los Juegos Olímpicos del año que viene. Me siento decepcionado, disgustado y sin entender qué me ha pasado. ¿Por qué? ¿Por qué me ha salido tan mal? ¿Por qué, si esta temporada he entrenado mejor que nunca logrando bajar todas mis mejores marcas personales? Trato de buscar soluciones, explicaciones, algo a lo que aferrarme para no cometer los mismos errores el año que viene. Mis compañeros de selección tratan de animarme pero en ese momento no quiero escuchar nada ni a nadie.

Llego a la habitación, más relajado, cojo el teléfono y veo los mensajes de apoyo de mis padres, mi hermana, mis amigos y mi entrenador… Me siento en el borde de la cama y me dejo caer estirándome boca arriba con la mirada fija en el techo. Ya se ha terminado. He perdido la batalla pero aún no se ha acabado la guerra. Me levanto secándome las lágrimas y con el ceño fruncido aprieto los dientes y me digo que me levantaré. Me levantaré con más fuerza, por que de estas situaciones sólo puedes salir reforzado y con más ganas de afrontar una nueva temporada. Tanto trabajo, constancia y ganas de superarte día tras día tiene que dar su fruto. Se verá recompensado. Estoy seguro de ello.

Abro los ojos, cojo aire y lo dejo lentamente. Me levanto del sofá. Nada está perdido. Pienso en el nuevo año que se avecina y noto como me hierve la sangre a la vez que se me acelera el pulso. Quiero seguir luchando para cumplir mi sueño. Y lucharé.

La vida está llena de obstáculos en medio del camino. La constancia y perseverancia harán que una roca se convierta en piedra. Que la piedra se convierta en granito de arena y que el granito de arena acabe en polvo. Los retos nos hacen sentir vivos así que no te pongas metas, levántate y trabaja para conseguirlos.